Envejecer en espacios donde la visibilidad importa
Judith Castillo
Como facilitadora, mi trabajo me coloca la mayor parte del tiempo delante de grupos de personas.
Hace unos años, en uno de esos debates sobre la prolongación de la vida laboral, mi socia Arrate y yo nos reíamos con un punto ácido. Seguramente, dijimos, seguiríamos trabajando incluso siendo abuelas.
Dieciocho años después de montar nuestra empresa, los grupos con los que trabajo son cada vez más jóvenes. O, mejor dicho, más jóvenes que yo.
A veces me preguntaba si la edad, en un oficio que te coloca en un lugar muy expuesto, podía ser una barrera, en particular para una mujer. Conozco casos en los que, en procesos de selección, se apartaban los CV de algunas candidatas solo por su edad. Y antes de tener mi propia empresa, en una empresa donde intenté contratar a una mujer de 60 años, me pusieron tantas pegas que casi desisto.
De aquí a unos años ¿Verían primero la etiqueta de mi edad antes de ver lo que propongo?
Hace unas semanas, mientras traducía a Arawana Hayashi en una formación de tres días sobre Social Presencing Theater y la Teoría U, organizada por Emana en Barcelona, lo vi claro. O digamos que me gustó lo que vi – aunque sea una excepción.
A sus 80 años, Arawana se presenta con su estilo absolutamente sencillo y sin artificios. Su edad es evidente, pero no distrae de su propuesta, sino, al menos para mí, la refuerza. Sus movimientos e indicaciones transmiten confianza y autoridad. Su enseñanza no está solo en sus palabras, sino en su cuerpo, que mueve con una gracia y precisión que capturan la atención de toda una sala. Podían oírse las moscas volar.
Verla trabajar fue un recordatorio: al menos no ponerme barreras yo misma, ya lo harán otros por las razones que sean. Ser mi propia jefa me da la posibilidad – y quizás la necesidad – de trabajar más años. Quienes trabajan por cuenta ajena también pueden verse expuestos al edadismo o discriminación por edad, pero el marco y las opciones son distintos.
Hay algo radical en la presencia misma, el valor de ser visible. No dejar de aparecer. Arawana sigue moldeando los espacios en los que trabajan las personas que asisten a sus formaciones. Y eso, en sí mismo, es una forma de poder.
Y podría haber hablado de mi madre. También tiene 80 años y, porque le encantaba su trabajo, siguió hasta los 74, siempre en primer plano, delante de clientes. Para mí, ella es lo más. No porque seguía, sino porque nunca se lo ha cuestionado.
Mientras hay ganas y la propuesta interesa, no apartarse…
¡Feliz semana!